En las montañas del Oriente del país, un 20 de enero de 1970, se funda Bandera Roja. Integrado por un importante sector de militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) —organización que había nacido diez años antes, al fracturarse Acción Democrática—. Provenían de su juventud, de toda la estructura orgánica y militar, y contaba con cuadros que estaban en prisión en ese momento, como es el caso de Jesús Alberto Márquez Finol, el “Motilón”, quien —desde la Cárcel Modelo y luego desde el Cuartel San Carlos— dirigía la emblemática célula mirista “Nguyen Van Troi”.
Sus fundadores, entre los que destaca Gabriel Puerta Aponte — hoy Secretario General — estaban identificados con las tesis más avanzadas esgrimidas en el debate interno que se libraba en el MIR, conocido como “el proceso de cuestionamientos”. Dicha discusión estaba centrada en el combate al revisionismo, la continuidad de la lucha armada como vía estratégica para la toma del poder, y en general la violencia revolucionaria; el poder popular basado en asambleas obreras, campesinas, populares, que permitieran edificar la dictadura del proletariado. Aparecía también como propuesta programática la figura de la Democracia Popular como expresión de la dictadura del proletariado.
Dichas tesis han sido adecuadas en el trascurso de la historia del partido. Su esencia se mantiene incólume, aunque más afianzada y nutrida al aplicar el marxismo-leninismo a nuestra realidad concreta. La complejidad ha obligado a recrear la teoría y hemos logrado profundizar en los análisis sobre la situación internacional y nacional.
En todo momento hemos sido consecuentes con el internacionalismo proletario, asumiendo firmemente que compartimos los mismos intereses de la clase obrera en cualquier parte del mundo. Que tenemos un enemigo común: el capitalismo y el imperialismo. Por lo que tenemos un mismo objetivo, la abolición de la explotación y la edificación del comunismo. Por lo que asumimos plenamente todos los principios del internacionalismo proletario. Fieles a la consigna: ¡Proletarios de todos los países, uníos!
Ha sido un largo trayecto que ha dejado un sinnúmero de compañeros caídos en el combate a muerte contra la explotación capitalista. Las bajas significaron duros golpes que han mermado nuestras fuerzas, pero afianzaron un espíritu que se alimenta día a día en los herederos de una tradición histórica que une fielmente la teoría revolucionaria con la práctica revolucionaria.
Es difícil hacer una lista de tantos camaradas caídos en combate contra la fuerzas militares y policiales que sirven al capitalismo. Basta sintetizar en las más brillantes personalidades que han abonado este camino: Tito González Heredia, Jesús Alberto Márquez Finol, Américo Silva, Roberto Rincón Cabrera, Noel Rodríguez, Sor Fanny Alfonso… quienes resumen al resto de los compañeros caídos. Sus talentos son reflejo de una conciencia colectiva que se hace carne en una práctica política llena de complejidades. Tácticas que se alejaron de la lucha armada, pero que igual se inscriben en la perspectiva de la lucha radical y sin tregua por el socialismo.
Podemos resumir la historia de Bandera Roja con los períodos históricos que ha vivido Venezuela. La táctica formulada en los primeros tiempos de la vida del partido, de “recuperación de fuerzas”, se agota cuando se crean condiciones prerrevolucionarias. La recuperación del partido lo convierte en una amenaza al sistema que ya mostraba signos evidentes de entrar en una crisis estructural. La adecuación de la estrategia y tácticas nos permitió estar en mejores condiciones para asumir la situación revolucionaria que se produce en 1989 —ya prevista por nosotros con dos años de antelación—, a pesar de los duros golpes recibidos entre 1982 y 1983, los cuales produjeron que cerca de dos terceras partes de la dirección nacional cayeran asesinadas o fuesen encarceladas. El breve período de repliegue permitió recuperar fuerzas de manera acelerada, sobre todo en el movimiento estudiantil.
El año 1991 se convierte en el escenario en que se crean de mejor manera esas condiciones revolucionarias que podían permitir quebrar la forma de dominación bipartidista militarizada. Agotamiento que permite las tentativas cívico-militares de 1992. El 4 de febrero y el 27 de noviembre se convierten en hitos históricos.
El triunfo de Chávez fue enfrentada por el partido de manera firme. Desde un principio y aún antes de alcanzar la presidencia. Señalamos el futuro al que nos llevaría el engendro revisionista que encandiló a tanta gente y sectores políticos revolucionarios y de izquierda en Venezuela y América Latina y en buena parte del mundo.
Mientras muchos sectores del campo de las izquierdas, progresistas, revolucionarios y hasta marxista-leninistas, al menos de palabra, sucumbieron frente a la fraseología chavista, Bandera Roja se puso al frente de una táctica y un proceso unitario que rompía una tradición en la relación con los partidos burgueses, en vista de los claros rasgos fascistas que desde un comienzo hizo gala el chavismo.
Denunciamos desde un principio que se trataba de una nueva forma de dominación al servicio de la oligarquía, que se ampara en el bloque imperialista que lideran los chinos, en una coincidencia estratégica. El chavismo, buscando legitimidad a la base ideológica del régimen despótico, se acerca a la emergencia del imperialismo comandado por los asiáticos.
La fraseología chavista, que nutre un revisionismo rampante y pedestre, no hizo mella en Bandera Roja, aunque fueron muchos quienes abandonan nuestras filas guiados por intereses alejados de una tradición incólume en las manos de sus principales jefes.
Ya agotado el chavismo como forma de dominación, lo cual lleva a Venezuela a depender del bloque que lideran chinos y rusos, Bandera Roja asume las tareas unitarias con sectores de clase diversos y partidos burgueses para crear condiciones revolucionarias. Siempre en la perspectiva de empinarnos en un proceso ininterrumpido hacia la conquista del poder y hacer buena una de las tesis centrales del partido en su fundación: edificar la dictadura del proletariado, en su expresión Democrático Popular… hacia el socialismo y el comunismo.
El período que se abre con el ataque militar de las fuerzas imperialistas estadounidenses representa un nuevo reto para Bandera Roja. En primer lugar, es un reto teórico. Contamos con la herencia que dejaran los fundadores del partido que dominaron claramente las tesis de Marx y Lenin acerca de las determinaciones de este tipo de hechos. A lo que se suma que también heredamos las tesis de lo positivo de intelectuales comunistas de la talla de Salvador de la Plaza, quien profundizó en la factoría como un elemento esencial de la economía venezolana. No es poca cosa que la escuela de formación de cuadros realizada en la guerrilla, impulsada y dirigida por Tito González Heredia, lleve su nombre.
Lo que nos coloca en la obligación de ser vanguardia teórica y práctica en la tarea de enfrentar ante todo al imperialismo. Ya el régimen dictatorial no es siquiera chavista: es una dictadura al servicio de los yanquis.
Tarea que encuentra los consabidos frenos de sectores oportunistas que, en vez de enfrentar al imperialismo, se colocan a la cola de la conciencia espontánea de las masas. Posponen objetivos superiores para ganar algo de efímeras simpatías. Esconden el discurso para colarse en las jugadas.
Los partidos burgueses, por su parte, no encuentran otra respuesta que no sea la de mostrar la docilidad frente a la ofensiva de los gringos que van copando toda la estructura estatal y económica del país.
Todo lo cual favorece al imperialismo y alcanza sus objetivo sin resistencia alguna.
Esta etapa apenas comienza. Venezuela, hecha factoría.

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